Venerable Fray Juan Micó (Dominico)
Palomar (Valencia) 1489 – Valencia 31/08/1555
Fundador de la Cofradía de la Celda de San Vicente Ferrer
Hijo de Juan Micó y de Catalina, labradores, pobres pero de sangre ilustre, pues Juan Micó era caballero de la orden de Santiago en Xàtiva. En su infancia se dedicó a guardar ganado y se cuenta que por entonces ya predicaba, formando un púlpito con piedras. Tomó el hábito en el convento de Llutxent, donde estuvo algo más de siete meses, y después, al terminar su noviciado fue enviado al albaceteño cenobio de Chinchilla de Monte Aragón. Una vez realizó su profesión religiosa fue asignado al convento de Carboneras de Guadazón, en Cuenca, donde enseñó Gramática a los recién profesos. Pasó luego a San Esteban de Salamanca para cursar Teología y ordenarse sacerdote. Más tarde se trasladó a Sevilla estando allí varios años. En 1522 se le nombra prior del recientemente fundado convento de Gotor, en la provincia de Zaragoza.
Posteriormente fue designado vicario de la turolense casa de Montalbán, padeciendo en carnes propias una serie de intrigas y persecuciones, que acabaron conduciéndolo a la cárcel cumpliendo condena durante 24 meses. En 1532, incorporado ya al convento de Predicadores de Valencia, se convirtió en lector de Teología y dos años después en su prior, el 26 de julio de 1534, tras la muerte del anterior prior, Amador Espí. Fue provincial de la provincia de Aragón en 1535. Durante su mandato se emprendió la reforma de los establecimientos religiosos dominicanos, empezando por Cataluña.
Concluido su gobierno, en 1539 fue elegido superior del convento de Museros, y nombrado predicador de los moriscos del reino. Prior de Santa Catalina Mártir de Barcelona años después, en mayo de 1544 pasó de nuevo al convento de Predicadores de Valencia para dirigirlo. El 26 de agosto de 1544 Juan Micó otorgó el hábito a san Luis Beltrán.
En 1548 san Francisco de Borja fundó el convento de la Santa Cruz en Llombai, para atender a la catequización de los cristianos, siendo nombrado primer prior Juan Micó, que vino acompañado de san Luis Beltrán. Uno de los cuatro tapices más antiguos, que todavía hoy se conservan en el palacio ducal de Gandía, representa la visita de san Francisco de Borja a Llombai, donde a su llegada montado a caballo es recibido por Juan Micó, prior de dicho convento fundado por el santo duque, acompañado de Luis Bertrán, que aparece nimbado de la misma manera que el protagonista de la escena.
Se cuenta que visitando a pie conventos fue asaltado en un bosque por unos hombres que le aborrecían por el gran fruto de sus sermones, le desnudaron y le ataron a un árbol, azotándole hasta casi matarlo, y él les predicó, hasta que se arrepintieron y le dejaron libre. Y así medio muerto llegó a Balaguer, predicando en ese pueblo como si estuviera sano en premio de lo cual le visitó y consoló el protomártir San Esteban.
Fundó la cofradía de la celda de san Vicente Ferrer convirtiendo su celda en capilla en 1552, y estableció una comunidad, de efímera existencia, de beatas dominicas. Hizo muchos milagros, tanto vivo como muerto. Estando para morir, san Luis Beltrán, entonces maestro de novicios, llevó a su celda a todos los profesos y novicios para que les diera la bendición, y antes de darla les dijo:
“Creedme como á experimentado: huid de la conversación de las mujeres, aunque sean santas; y si Santa Catalina de Sena viniese á visitaros á vuestra celda, decidle que se vuelva al Cielo, que allá la veréis”.
Falleció a los 66 años, 8 días antes que santo Tomás de Villanueva. Al morir los moros decían:
“Es muerto el santo”.
Juan Micó gozó de una importante fama de santidad tanto antes como después de su muerte, lo cual, a raíz de los múltiples milagros que se le atribuían, llevaría a iniciar su proceso de beatificación el 13 de noviembre de 1583 a instancias del Patriarca Juan de Ribera, que prestó particular devoción a su memoria contribuyendo a la construcción de su sepulcro.
Su entierro fue muy concurrido, dándose múltiples y continuas muestras de devoción por parte del público asistente. El mismo día de su muerte un gran concurso de gente acudió al convento de Predicadores. Los historiadores dedican varias páginas a narrar lo acontecido en su funeral. La gente se agolpó en la capilla donde quedó expuesto el cadáver, llegando a romper las puertas del coro bajo para entrar en el recinto. Allí fueron pasando para besarle las manos, tocarlo con rosarios y cortarle trozos de hábito sin que los religiosos lo pudieran evitar, pero había tanta gente y estaban todos tan apiñados que llegaron a romper el escaño o féretro en que estaba el cuerpo, cayendo éste a tierra. El cadáver tuvo que ser sacado de la capilla y encerrado en la sacristía, comunicando los religiosos que no enterrarían el cuerpo hasta media noche, pensando que así los devotos se marcharían, pero se logró el efecto contrario y acudió todavía más gente. Siendo ya las diez de la noche y no pudiendo proceder a su entierro, el virrey dispuso que su guardia hiciera un pasillo desde la sacristía hasta el vaso donde iba a ser sepultado
“Que es el que esta en la capilla mayor al cabo de las gradas donde se pone el Atril”.
Pero la presión del gentío era tanta que hubo que depositar el cadáver sin poder hacer el oficio previo acostumbrado. El miércoles siguiente se realizaron sus exequias, acudiendo también una gran cantidad de fieles. Se sabe además que tal era la devoción que se tenía a fray Micó que el propio virrey
“dio vn escapulario nuevo paraque se lo vistiessen en el mismo vaso al varon de Dios, y le diessen el que lleuaua puesto. Assi se hizo luego, y sin esso le dieron el Breuiario y la cinta del mismo bienaventurado maestro, y el lo recibio todo como reliquias de santo.”
Dentro del propio convento todos los escritos que había realizado el venerable pasaron a conservarse, como si fueran un tesoro, a la biblioteca conventual.
Después del entierro mucha gente empezó a frecuentar el sepulcro del venerable Micó, pero el hecho de que estuviera dentro de la capilla mayor que sirve de coro evitaba que se pudieran arrimar a él, instando los fieles a que se trasladara a un sepulcro decente, dejando limosnas para ello. Así el venerable fraile Juan Vidal (+1596), sobrino de Micó, siendo prior del convento de Predicadores.
“hizolo labrar a espaldas del coro baxo l lado del tumulo del bienauenturado padre fray Luys Bertran”
Siendo trasladado a allí el 5 de abril de 1583.
Este cambio de emplazamiento hizo que los fieles empezasen a depositar sobre el sepulcro
“imagines y figuras de cera y plata en memoria de algunos milagros que Dios obraua por su sieruo”
Pero esto era algo que no consentían los monjes si no había una licencia por parte del arzobispo. Así fue como el Patriarca Ribera ordenó iniciar un proceso de santidad para poder dar dicho permiso, abriéndose el 13 de noviembre del mismo año de 1583, concluyéndose el proceso informativo de su vida y milagros en poco más de un año.
“El Señor Patriarca y Arzobispo Don Juan de Ribera, dio licencia para que se encendiessen luces, y ardiessen lamparas de dia y de noche, y sus devotos se arrodillassen, y hiciessen oracion; y aunque en cada un año el postrero de Agosto, que fue el dia que salio deste mal mundo, se haga memoria, y se digan y prediquen sus alabanzas, virtudes y trofeos que tuvo venciendo al demonio, mundo y carne, y se canta Missa Solemnissima de Todos Santos”.
Este nuevo sepulcro tenía labrado un epitafio en letras doradas con dos versos:
“Emitact in Caelis, micuit qui clarus in Orbe. / Dogmate, mente pius virginitate Micon.”
Fue muy venerado especialmente dentro de la orden dominica y más concretamente por su discípulo san Luis Bertrán. Aunque su proceso nunca llegó a buen puerto, lo cierto es que popularmente a Juan Micó se le nombraba con el calificativo de “beato”. Fue enterrado en el coro autorizando el traslado de su cuerpo en 1583, junto al sepulcro antiguo de san Luis Beltrán, en el trascoro, y abriendo el proceso informativo sobre su fama de santidad, virtudes y milagros.
Relieve funerario de Juan Micó, anonimo 1583
Valencia, Museo de Bellas Artes
A diferencia de otros venerables estudiados con anterioridad, al tener Juan Micó un proceso abierto sí que se le podían tributar ciertas muestras de veneración de las cuales carecían otros, por eso cuando en 1647 se trasladó su cuerpo a un lateral de la nueva capilla de San Luis Beltrán, se labró un sepulcro elevado sobre el suelo, a la vista del público, con una imagen yacente sobre ella y posteriormente se le incorporaría seguramente un retrato en el mismo espacio. Beatificado san Luis Beltrán, se construyó una capilla en su memoria, y allí, en 1653 se trasladarían los restos de Micó construyendo un suntuoso sepulcro, con una lápida que le honraba como “venerable”.
Posiblemente se realizó algún retrato post-mortem o alguna máscara funeraria tras su fallecimiento que serviría de modelo para la imagen yacente de su sepulcro realizada en 1583.
El culto a Juan Micó se mantuvo hasta el siglo XIX al menos en el ámbito del convento de Predicadores, pues se tiene constancia que en 1802 se conservaba todavía su celda. La posterior desamortización jugaría un papel fundamental para el olvido de la memoria de este venerable y la de otros hijos de dicho convento. Sobre la puerta de su celda se colocó un retrato similar al conservado en el Museo de Bellas Artes de Valencia. Teixidor señala que en la de Domingo Anadón, Luis Bertrán y Juan Micó estaban
“En las cubiertas pintadas milagros de cada Santo con sus lamparas”.
Juan Micó, anónimo, segunda mitad del siglo XVI
Valencia, Museo de Bellas Artes
El pasaje que aparece representado en este lienzo probablemente no se corresponda con un momento concreto de la vida de Micó porque las fuentes atestiguan la frecuencia con que acudía a este lugar:
“Fuele tan devoto el Venerable Padre Micó, que segun Lorenzo Palmireno escrive, tuvo por inviolable costumbre todos los dias prepararse para celebrar la Misa llorando un rato de rodillas en su celda delante de la Imagen de San Vicente Ferrer”.
Sin embargo el hecho de que la cofradía fuera creada en 1552, apenas 3 años antes de su fallecimiento, fue un detalle tenido en cuenta por Vergara, el cual representó al venerable como un anciano de pelo cano. La presencia de los ángeles serviría para reforzar la idea de éxtasis vivido diariamente por el venerable cuando acudía a rezar a dicha celda para preparar la celebración eucarística. El altar que se muestra tal vez fuera como el que habría en el siglo XVIII en la celda, destacando la imagen central de san Vicente Ferrer, aunque en algunos bocetos conservados se puede apreciar que en el retablo sólo había una sola imagen de mayor tamaño, que sería la del santo dominico titular de la celda.
Juan Micó orando ante el altar de la celda de San Vicente Ferrer
José Vergara, 1781. Valencia, iglesia castrense de Santo Domingo